UNA PINTURA
CADA VEZ MÁS ADENTRO
Bernabé
Fernanda Llana suele emplear en su pintura figurativa dos puntos de
vista diferentes: por un lado una visión exterior de los motivos que
le interesan, más propia del paisaje urbano, con túneles y coches,
calles concurridas y luces de neón, por otra una visión interior,
en la que predominan los espacios cerrados de roñas de tránsito en
museos y estaciones de ferrocarril. En ambos casos, lugares públicos
bien frecuentados, en los que los transeúntes están siempre de paso
el movimiento es continuo y los gestos son anónimos y por tanto universales.
El primer punto de vista es, inevitablemente, menos original, en tanto
en cuanto es más habitual entre los pintores de su mismo género y
rango, mientras, que su segundo resulta menos manido, menos trillado
y más fresco, y en este sentido es lógico que en su nueva exposición
en la galería Gema Llamazares de Gijón se haya querido ceñir a este
ultimo, mucho más interesante, como demuestra la buena acogida que
está teniendo en certámenes y concursos.
Precisamente
con un interior, el del Museo Guggenheim de Nueva York, ganó Bernabé
en 2006 el VI Premio de Pintura de la Junta General del Principado,
que le dio a conocer entre la crítica asturiana. Formado en talleres
particulares y ganador de varios concursos de pintura rápida al aire
libre, su obra no había sido apenas exhibida hasta ese momento, salvo
en una exposición compartida con Mónica Dixon en Oviedo y otro par
de individuales en salas menores, pero desde entonces, con una celeridad
que solo puede ser propia de alguien con vocación consustancial que
desarrolla tardíamente su carrera, ha podido trabajar mas, profundizar
en sus aptitudes, reforzar su posición y protagonizar nuevas exposiciones
individuales en las galerías Sharon de León y Espacio 36 de Zamora,
otra compartida con Máximo Aláez en Gema Llamazares en 2007 y finalmente
la que mayor repercusión ha tenido hasta ahora, celebrada el pasado
mes de septiembre en la galería Murillo de Oviedo y ya dedicada íntegramente
a la citada ciudad norteamericana.
Bernabé
prefiere motivos ciudadanos sin apenas anécdota que
refleja con la necesaria distancia emocional, a base de impresiones
conseguidas en ciudades lejanas como Madrid o Nueva York, a las que
viaja acompañado de una cámara fotográfica que maneja con la misma
soltura que tos pinceles y con la que obtiene las imágenes que luego
va a reproducir, sintetizándolas. Al artista de Valduno no le interesa
tanto la fidelidad a lo que representa como los efectos de luz y de
color, los contrastes vigorosos, las sombras en primer término que
producen los fondos deslumbrantes. Esa tendencia al claroscuro, al contraluz,
al enfrentamiento y superposición de las zonas oscuras del cuadro sobre
las mas claras, es sin duda el distintivo más evidente de su pintura,
que produce una tensión muy plástica y reiteradamente buscada que
no es sino el reflejo de un pintor que conoce bien los recursos con
los que cuenta y los sabe utilizar con cada vez mayor destreza.
Con su manera
de pintar tan resolutiva, en la que le que menos importa es el detalle,
sino los efectos pictóricos conseguidos con pinceladas amplias y ágiles
o incluso a brocha, salvadas las formas mediante reservas hechas con
esparadrapo, Bernabé obtiene un resultado inmediatamente luminoso y
grato, que se refuerza con un buen dibujo y una composición bien planteada.
El pintor asturiano no tiene ningún reparo en enfrentarse a los tamaños
más grandes, aunque en general los que predominen sean los intermedios,
con una cada vez más acusada tendencia a los formatos muy alargados,
apaisados, que recortan significativamente las escenas y obligan al
espectador a completarlas mentalmente, en una vía resumidora que
al pintor le tienta y no va a tardar demasiado en producir logros
artísticos mucho más arriesgados.
En el fondo,
lo que Bernabé nos esta proponiendo en su obra, como todo buen
arte, es un viaje, que en su opción de pintor figurativo se presenta
en una secuencia muy concreta: la llegada a la estación. Esa visita
al museo tantas veces anhelado, el merecido reposo tras la fatiga, la
vuelta al lugar de origen, Los lugares tienen todos nombres propios.-
la Estación Central de Nueva York, las salas del Museo de Arte Moderno
(MOMA) con el inmenso mural pop de James Rosenquist, su área de descanso...
Interiores de una indiscutible modernidad, de estilizadas líneas arquitectónicas
y una presencia muy reconocible a través del cine y la publicidad,
que no tienen tanto que ver con las apariencias exteriores del
entorno urbano, como con las verdades que surgen de muy adentro, de
la necesidad de conocer, de admirar, de aprender, de la propia curiosidad,
normales en un artista al que, en una trayectoria de apenas un
lustro, todavía se puede considerar fresco y con las ganas intactas
de comerse el mundo.
Luis Feas Costilla (Crítico de arte)